Los narcos mataron a toda la policía, y nadie da una pista. El pueblo mexicano donde ganó el crimen

2010. Éricka Gándara Archuleta tenía 28 años de edad cuando se quedó sola en Guadalupe. Ella había nacido en este pequeño pueblo en el estado de Chihuahua, muy cercano a la reconocida Juárez. Gándara había decidido unirse a las fuerzas policiales en el año 2008. En esa época, se desempeñó como radiooperadora, y con el paso de los días fue ganando el reconocimiento de sus pares y superiores. No tardó demasiado en convertirse en agente; también fue cosa de esperar para que llegara su segundo ascenso: esta vez, a primera comandante de la Policía Municipal de Guadalupe. Gándara tenía a siete agentes a su disposición. Todos renunciaron al poco tiempo después de que Éricka asumiera. Ya le habían advertido, pero ella no daba su brazo a torcer: el poder de los narcos se estaba tomando el pueblo.

 

El Diario de Juárez

Algunos policías habían sido asesinados, otros secuestrados, y otros amenazados para dejar la localidad lo antes posible. Ellos, temerosos, sabrían que no podrían contra el poderío de los narcos. Dos años antes Felipe Calderón Hinojosa, entonces presidente de la República, envió a 11.840 uniformados para combatir contra el narcotráfico en Guadalupe. Una porción importante de ellos había sido asesinada; algunos otros habían desaparecido irremediablemente. Otros, más sensatos, como los que Gándara tenía a su cargo, preferían entregar sus placas. Ocultar sus identidades. Ya no eran parte de ninguna fuerza policial. Le daban su terreno al narco.

Éricka no bajó los brazos. Cada tarde salía a patrullar el pueblo. En las manos llevaba un fusil AK-47. Era todo lo que tenía para protegerse, pero a pesar de sonar como algo potente, no había punto de comparación con el tipo de armamento que tenían los soldados de la droga. 

El 23 de diciembre del 2010 la aventura de Éricka terminó. Se asomaba la víspera de navidad y parecía que, incluso en Guadalupe, un aire de calma se podría respirar. La oficial de policía oyó el timbre de su casa. Sabía que algo andaba mal. Un grupo armado la sacó de su casa, metieron a la mujer a un auto, y al domicilio le prendieron fuego. Todos sabían que ella jamás volvería a ese lugar.

David Peinado

Varios meses después encontraron el cadáver de una mujer. Estaba en evidente estado de descomposición. Había sido tirado a un canal de aguas negras. Cuando pudieron reconocerlo, se esparció la pena pero no la sorpresa. Era Éricka Gándara. Su cadáver dictaba el fin de la policía de Guadalupe.

Seis meses antes de la desaparición de Éricka, el alcalde de Guadalupe también estaba recibiendo amenazas telefónicas de parte del crimen organizado. Esperando estar a salvo, un grupo de tiradores le enrostraron su equivocación. Jesús Manuel Lara fue acribillado en la casa que ocupaba para refugiarse junto a su familia. Ellos vieron como las balas entraban y salían de su cuerpo con velocidad. Después, el cuerpo cayó al piso. Se esparció la sangre. Guadalupe ya era casi de los narcos. 

El origen de la guerra

Poco antes de que el presidente enviase tropas a combatir a los narcos, Guadalupe no era lo que es hoy. Los frontis de las casas estaban coloridos y albergaban a familias enteras. Ahora muchas casas son solo esqueletos de concreto roído. Sus pocos habitantes aseguran que es como vivir en un pueblo fantasma.

David Peinado

Antes del decaimiento total de esta zona, los carteles de Sinaloa y Juárez se estaban disputando el territorio. Sus condiciones geográficas eran (y son) ideales: no hay muro para cruzar a los Estados Unidos, el río tiene un caudal increíblemente pobre, y las brechas que existen desde el lado gringo llevan a la carretera Interestatal 10, que conecta los pasos fronterizos. Sus características convirtieron a Guadalupe en la mecca de los narcos. Un lugar de ensueño para traficar personas, drogas y armas. Apenas el gobierno se dio cuenta, intentó detenerlo. Las tropas fueron enviadas en marzo del 2008. Desde entonces, parece ser que los enfrentamientos en esta enorme zona no tienen fin. 

Las víctimas

Los Reyes Salazar fueron una de las familias más emblemáticas de la situación en Guadalupe. Numerosos y activistas, han tenido que ver como uno a uno, el negocio de la droga y la milicia corrupta acaban con ellos. Durante el 2008 mataron a 7 de sus integrantes. Todo el resto tuvo que huir a distintos lados. Sus casas fueron saqueadas y quemadas. 36 de ellos pidieron refugio en los Estados Unidos; los otros decidieron irse a Ciudad de México.

Josefina Reyes Salazar era la madre de la casa. Ferviente militante del movimiento contra la militarización del municipio, fundó el Centro de Derechos Humanos Pro Valle de Juárez. Entonces, comenzaron a llegar las amenazas. A diario, hombres anónimos la llamaban para asegurarle que ella y sus hijos debían cuidarse las espaldas. En agosto del 2008, durante un allanamiento, un grupo armado se llevó injustamente a Miguel Ángel, uno de los hijos de Josefina. Ella acudió de inmediato en su búsqueda al cuartel. Los militares le respondieron que no estaba ahí. Que nunca había estado ahí. Ella sabía que algo andaba mal, impulsó casi de inmediato una huelga de hambre. Eso fue suficiente para que le devolvieran vivo a su hijo.

David Peinado

Pero no todos fueron tan afortunados, el 15 de noviembre del 2008, Julio César, hermano de Miguel Ángel, había salido a celebrar una boda. Sonó el teléfono en casa de Josefina. Llamaban desde el cuartel. Un grupo armado había irrumpido en la boda donde se encontraba Julio César y lo asesinó. 

Destruida por dentro, el dolor más grande en la vida de Josefina acabó prematuramente. El 3 de enero del 2010 conducía por el pueblo. Mirando por el retrovisor se dio cuenta de que dos hombres la seguían. Apresurada, condujo hasta el estacionamiento de un restaurante de comida rápida. Se bajó y echó a correr al interior del local. Nadie corre más rápido que las balas. Murió al instante.

Le siguió el último de sus hijos: a Rubén Reyes lo acribillaron fuera de la escuela de su hija. Acababa de dejarla para que fuera a sus clases. Era un reconocido activista desde hace más de 30 años; por último, les siguieron otros miembros cercanos de la familia: Elías Salazar, su esposa, María Luisa Ornelas, y su hermana Magdalena Salazar, se extraviaron en 2011. Se habían esfumado sus cuerpos. Y tal y como desaparecieron, un día estaban ahí otra vez. Habían sido claramente torturados.

Los intentos infructuosos de la policía

Después de la muerte de Éricka Gándara, la policía se había acabado. Sin embargo, 5 años después, la comunidad intentó volver a armarla desde sus cimientos. Máximo Carrillo Limones fue el encargado de llevar el cargo de comandante. El 21 de junio del mismo año, un grupo de hombres armados lo sacaron a la fuerza del estadio de béisbol donde veía un partido. Lo llevaron a un terreno eriazo, lo torturaron y lo asesinaron. 

David Peinado

Inamovible y valiente en sus decisiones, le siguió inmediatamente Joaquín Hernández. Dos semanas después, fue asesinado junto a su hijo Jonathan Uriel Hernández, de 24 años. El rigor y la velocidad de los sicarios lograron amedrentar el pequeño ímpetu que aún quedaba en el pueblo. Desde entonces, la estación de policía está vacía. El estado se encarga de enviar militares para que patrullen la zona. Hoy, se dice que la población tiene cerca de 5.200 habitantes. 5.200 personas para una superficie total de 6.000 kilómetros cuadrados. La principal causa del fuerte decaimiento de la densidad poblacional es, por supuesto, la migración.

Guadalupe hoy

Ya han pasado casi tres años desde el último intento de poner orden en este pueblo de Chihuahua. Hoy, a pesar de que las cosas se ven más tranquilas, y los empleados municipales aseguran que es un lugar seguro, y que todo está bien, se vive un clima hostil y lleno de temor. La gente no habla con los forasteros, y la única recomendación que dan, es que no se queden ahí, que no tomen fotos. Hablan de un grupo que no se acaba, de métodos de control distintos a los de antes, pero igual de violentos. Todos guardan un secreto a voces, pero no pueden revelarle a nadie de qué se trata. Probablemente nunca nadie llegue a saber quién realmente mueve hoy los hilos en Guadalupe.

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